Aquel mes de Mayo, mes de sueños, de jazmines,
arañando minutos a la tarde
volvíamos de pasear, por nuestra acera
encantada, por esa calle llamada de la copla,
sonámbulos por la luz embrujada
de sus blancas paredes, con esa cal que alumbraba
tu sonrisa, la huella de un pasado salobre,
pero que hoy es como un cántaro de agua fresca
en una esquina cualquiera
de este Pueblo del Sur, donde Dios ha querido
que la luz brille desnuda de secretos,
donde los silencios se hagan eternos para siempre,
para que las despedidas
sean solo nublados pasajeros,
para que en los atardeceres
gritemos nuestro amor
por caminos desnudos de pobreza.

Con la palabra libertad golpeándonos
el pecho con una clara promesa de esperanza,
no como aquella vieja canción
que atormentaba los sentidos,
náufragos en un mar de locura que nos dejaba
dormida las entrañas,
gritando por despeinadas calles de aquella ciudad
donde me partía el alma entre luchas y libros,
para alcanzar un mundo mejor, donde sentirnos
hombres para siempre.

Pero ahora que “ Libertad “ es el nombre
-avispero de voces antes enmudecidas por el odio-
de este pueblo enredado por mi sangre, perdido
entre olivares y sueños, Arcos en la lejanía,
con mi presencia siempre ausente,
pero siempre viva
por el deambular diario de sus calles.

Calles sembradas de muerte en otro tiempo,
encalando con sangre sus paredes,
sin dejar de labrar su tierra luminosa,
dejando el rencor limpio de sospechas,
anclado de nuevo en la calida bahía
rebosante de promesas, para caminar
por el sendero afortunado del regreso
a aquel banco de la plaza, de nuestra plaza,
de la piedra oscura por batallas perdidas,
sin olvidar las ganadas por este amor tan nuestro,
eterno para siempre, amarilla verdad
que alumbra ese viento agrio
de una paz siempre cansada en el olvido,
por nuestros amigos de siempre,
por aquella fina lluvia
que nos trajo un tiempo nuevo,
ardiente y añorado,
espejismo de lo que un día quisimos, ritual
que a escondida hicimos florecer,
regando con nuestra sangre
el jardín silencioso de nuestra locura.

Tendré que envejecer nadando solo
por el amplio mar de de mi fantasía,
por la magia madura de una vida
hecha cenizas,
En esta cárcel cruel de la utopía.

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Cuando pienso que algún día
tengo que marcharme, cuando la luz
se oscurece poco a poco en la mañana,
cuando la vida es un suspiro
en las oscuras tinieblas de la tarde,
cuando las campanas de la iglesia
sean solo una nostalgia amarga
en la distancia, cuando las últimas citas
en la plaza sean solo una pagina amarilla
perdida en los recuerdos,
tomaré mi mochila cargada de versos,
para acercarme hasta la fuente cristalina
donde dejar mis dudas, mis sueños, mis palabras.

Por eso me agarro al despertar de una sonrisa,
como rescoldo caliente de esta voz
que todavía grita por el agrio manantial
de la verdad primera, en el umbral cansado
de esta soledad que hoy se me antoja
fuego ardiente para este oscuro llanto
que tanto sabe de promesas incumplidas,
que camina descalzo y solitario
en busca de esa otra voz
abrumada por el tiempo,
a orillas de un mundo enfurecido
por el cansancio brutal que nos golpea,
cuando el amor se muere entre el sudor
y las batallas perdidas,
cuando el crepúsculo hace vibrar
hasta el último beso anclado en un pasado
donde la luz brillaba en cada rincón, en cada esquina,
de esta Andalucía que quema mis entrañas,
que es relámpago temprano , fuego de un tiempo
al que no renuncio, al que me abrazo
en las frías noches de este noviembre desnudo
que viene rondando mi fatiga, mi tristeza
perdida en el pozo cruel de la desesperanza,
por esa oscuridad que siempre me lleva
hasta el volcán endemoniado de tu nombre,
como una carcajada brutal hiriéndome de muerte
por el caminito sombrío del recuerdo.

Déjame un libro, un beso perdido
en algún rincón oculto de tus sueños,
o quizás en el baúl enloquecido de tu olvido.

Desterrar esta agria locura que me acosa
en el despertar rebelde de mis noches,
que muerde en silencio
la ternura violenta de tus ojos,
el aroma todavía tan vivo de tu cuerpo,
la misteriosa belleza de tus pechos,
navegando en silencio
por la bahía ardiente de mi fantasía.

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Anoche navegando por mis sueños
rumbo siempre a esa embrujada
penumbra de siglos de esperanza, llegué
buceando hasta el jardín alegre de mi fantasía,
balcón abierto al mundo que vivimos,
niebla que se cruza hasta ese otro balcón
fugaz y misterioso que todos anhelamos.

Y allí te encontré amigo, desertor de la vida
vencido por esa lluvia agazapada de células heridas,
que despeinaron todo tu mundo mágico de sueños,
asomándote a ese mar desgarrado de silencios,
con tu muerte como única bandera, cansado huracán
que te mordía la sangre, que te columpiaba
por el delirio agrio de los recuerdos más queridos,
en el loco carrusel del lamento y la desesperanza.

Qué triste que no supieras ver el despertar
en ese otro amanecer anclado en la palabra de Dios,
pozo de agua fresca que Él te brinda
como simiente siempre abierta a la alegría,
donde las células ya no son puñaladas
para abrirte la sangre, sino aire renovado
para morder de nuevo la manzana
hacia un nuevo mundo lleno de claros atardeceres,
lleno de esa luz mágica y eterna
con que vencer al fantasma de los miedos.

Por eso me pregunto, con el pecho abierto y desgarrado,
cuando la voz se apaga en esa fría oscuridad de las tinieblas,
gritar a pleno pulmón para que Él nos ofrezca la palabra
con que alcanzar en medio de esas cenizas olvidadas
la magia hecha verdad, en ese espejismo azul
que nos acerca a la vida nuevamente.

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Yo se que tu tenías la puerta
siempre abierta a la esperanza,
que alumbrabas tus silencios
entre las páginas vivas de un libro
cualquiera, que vivías las tormentas de otoño
como un claro amanecer de primavera,
con su olor a azahar, con sus notas de colores,
con esa alegría desbordante de niños
corriendo por los patios, con jazmines prendidos
en ese pelo tuyo que hacia temblar
toda esa inocencia herida por bailes y verbenas,
adormeciendo el grito de ese rescoldo agrio
que en la soledad te quemaba la sangre y la convertía en fuego
a la deriva en ese río de lava
que hacia temblar toda tú belleza lejana y olvidada.

Cómo es posible pasar de tanta claridad
a tanta sombra?, a esa hoguera de palabras crueles
que va quemando hasta el más tierno suspiro.

Algunas tardes salías al portal de tu casa
con tus cansados ojos azules proyectando soledad
por la blanca cal de las paredes, columpiándote en las sombras
tras los agrios cristales del olvido, sin sueños, sin promesas,
para deambular por ese caminito olvidado en el tiempo
que tú ya sabes que no te pertenece, bañándote por ese río
de lagrimas que te quema y te muerde las entrañas.

Tengo que decirte que tú no tienes compañero,
Que esa voz salobre
no es más que un demonio enfurecido que te va enredando
por rincones y anónimas palabras,
que te va haciendo naufragar
más cerca cada día de tu corazón envejecido,
ribera de esos sueños que la vida ha ido tejiendo
por el fango de una muerte presentida.

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He llegado hasta la plaza, hasta tu plaza,
al jardín del olvido y la desesperanza,
con tu ausencia mordiéndome
la sangre, con esa magia  de encontrarte en tu banco
de siempre, con tus sueños y proyectos envejeciendo
con la piedra, con los pétalos azules
de tu sonrisa esquiva, con el latido siempre vivo
para ganar la batalla al fantasma de los miedos,
con tu inocencia regando en las tardes de mayo
mis cansadas promesas, mis oscuras dudas,
el frío que duerme en los cristales sedientos de la tarde.

Y porque se que te fuiste, igual que llegaste,
con tu maleta siempre preparada, con esa muerte huidiza
rondando siempre viva
por tus ojos, con tu pelo fugitivo
desafiando al aire, a esa eternidad
que se volvía tormenta fría  por tus venas,
con ese aroma tuyo
abierto a la esperanza,
que hará temblar en las noches de otoño
todo ese amor que no renuncia
a la batalla enloquecida del encuentro.

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Me he clavado las uñas en la carne
para saber si mi sangre es la de antes,
cuando “pecar” creía que era solo
decir que las niñar eran torpes y bobas,
aunque sus trenzas llevaran la hermosura
y en sus pechos clavara yo mis sueños.

Cuando besaba a mi madre y me sentía
niño remando por el río de la canción
y la palabra buena, gigante caminando
de espaldas siempre a esa soledad primera,
llovizna por mi mundo de juguetes, por mis tardes
de cartera y bocadillo, por mis noches
temiéndole al fantasma aquel que hoy se me antoja
de papel tan lejano, de raya negra
en un sueño presentido.

Y me sigo clavando las uñas y no encuentro
mi sangre, Dios mío, mi sangre
no es esta, no puede ser esta podredumbre
que los años han ido tejiendo por mis venas …

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Estoy bebiéndome el último sorbo de este agua
que del día sin ti, me queda,
este último sorbo que celosamente
guardo en lo más escondido de mi alma,
en un surco que nadie, ni Dios mismo conoce,
como hermoso secreto, o travesura si quieres
pensada y trabajada,
para hacer menos doloroso este último caminar
que a la tarde le queda, a la jornada.

Y así, con el cuerpo vencido,
con el alma ennegrecida por la duda,
con el sudor mordiéndome la espalda,
me voy perdiendo por las horas que faltan
para bañarme sediento y lleno de ternura
en ese mar de esperanza que tu cuerpo me ofrece,
en el cantar sereno que tus ojos me alumbran
templado por el amor que tiernamente
has sabido poner en cada gota triunfante
de tu sangre, ardientemente mordida
por esta sangre mía.

Y así, mi amor me encuentro por mis sueños
perdiéndome en los tuyos,
acariciando la viña de tu cuerpo que me brinda
un agua nueva y limpia con que inciar el día …

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